Bailarines Como Gladiadores - Una Entrevista con Leila Guerriero

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Brazos Bookstore: Tu punto de vista es muy importante ya que tu no sabías bien lo que era el Malambo antes de comenzar el libro. Creo que esto es importante ya que el lector probablemente parte del mismo lugar que tu. ¿Creíste que tu punto de vista era importante para contar la historia?

Leila Guerriero: Creo que el punto de vista es muy importante siempre para un autor de no ficción. Dos periodistas pueden ir al mismo sitio, y contar la misma historia, pero es justamente la mirada, el punto de vista, lo que hará que cada historia sea diferente. Cuando fui a Laborde por primera vez, lo hice convencida de que quería contar la historia del festival. No había hablado de esta historia con ningún editor, así que fui por mi cuenta, como freelance, pensando que ya vería luego a quién podía ofrecérsela, quizás alguna revista como Gatopardo o Rolling Stone, donde publico usualmente. Yo había descubierto la historia en el año 2008 leyendo el diario argentino La Nación: allí había una nota, firmada por mi colega Gabriel Plaza, que se titulaba "Los Atletas Del Malambo Están Listos Para Competir," o algo por el estilo. En el libro lo cuento. Me llamó la atención esa combinación extraña de palabras: "atletas," "Malambo," y "competir." Yo no sabía mucho de Malambo, como bien decías. Sabía apenas lo que sabe cualquier argentino: que es un baile folklórico, que se lo incluye en espectáculos de folklore argentino for export y que lo bailan los niños en los actos del colegio. Nada más. Entonces, las palabras "atletas" y "competencia," mezcladas con lo que yo creí que era un baile un poco estereotipado—como el estereotipo, el cliché del gaucho—me llamaron la atención. Leí la nota, y allí hablaba de Laborde, de que los campeones—otra palabra que me llamó la atención: “campeón” no es una palabra que se utilice para premiar a un artista, y menos a un bailarín. No existe un Campeón Nacional de Ballet, por ejemplo, ni un Campeón Nacional de Novela Policial—eran campeones para toda la vida, que en Laborde se paseaban como gladiadores, que el baile tenía una exigencia física tremenda, que debían prepararse con entrenadores físicos como si fueran deportistas olímpicos.

Guardé el recorte durante dos o tres años, y cuando finalmente hice mis contactos y viajé a Laborde tenía la idea de escribir, como te dije, una crónica, un reportaje sobre el festival. Los primeros días hice entrevistas con campeones de años anteriores, con la gente del pueblo, permanecí muchísimas horas en el predio, vi decenas de bailarines. Y entonces, como cuento en el libro, una de esas noches vi bailar a Rodolfo González Alcántara. Nadie me lo había mencionado. No estaba entre los favoritos. Pero yo lo vi y me volví loca.

En ese momento, aunque de eso sólo me di cuenta después, mi punto de vista cambió por completo: yo había ido a escribir sobre el festival, y terminé escribiendo sobre el festival pero a través de la vida de un hombre que participaba en el festival. Años después, cuando me puse a escribir el libro, empezaron a surgir de manera natural una enorme cantidad de cosas que a mí me importaba que estuvieran en él. Por ejemplo, la contradicción terrible que sentí todo el tiempo, mientras hacía el reporteo: yo sabía que mi presencia era una presión enorme para Rodolfo; sabía que él, aunque no me lo dijera, se sentía presionado y se preguntaba qué pasaba si él no ganaba el certamen, se preguntaba qué iba a ser de mi libro si él “fracasaba.” Y aún sabiendo eso, yo me dije que, mientras Rodolfo no me dijera “basta” yo me iba a quedar, como me quedé, en todos los momentos posibles: con él dentro del camarín, siguiéndolo a todas partes, mirándolo de cerca a él y a su familia. Había una serie de reflexiones acerca del oficio periodístico que yo quería que estuvieran en el libro: hasta dónde llegar, cómo nuestro personaje protagónico nos puede fascinar e irritar al mismo tiempo, porque por momentos yo me sentía profundamente frustrada: Rodolfo era una bestia fascinante sobre el escenario, pero cuando lo entrevistaba era el hombre más normal del mundo, y tenía una forma de narrar su vida que resultaba un poquito, let´s say, monocorde. Todo eso terminó en el libro, y forma parte de ese punto de vista que mencionás, creo yo. Y hay una historia graciosa: cuando el libro se publicó en español lo fuimos a presentar a Laborde. En un momento, alguien del público preguntó cómo nos llevábamos Rodolfo y yo. Y Rodolfo dijo algo precioso: “Voy a confesar algo: yo la quiero mucho a Leila, pero por momentos la quería matar. La odié, la odié. Todo el mundo se iba del camarín para dejarme solo, y ella se quedaba. Y yo sabía que no se iba a ir si no la echaba, y ella sabía que yo no la iba a echar nunca.” Todos nos reímos mucho.

 

BB: A pesar de que el libro trata sobre el baile, en realidad habla sobre mucho más: la familia, la integridad, las tradiciones, la división de clases. Aparte de aprender sobre un baile poco conocido, ¿hay algo más que quisieras que el lector aprendiera al terminar el libro?

LG: Yo no creo que los libros tengan que enseñar algo a los lectores, pero por supuesto que cuando uno escribe quiere comunicar algo y producir un efecto. En ese sentido, creo que Una historia sencilla no es acerca de un baile, sino acerca de un hombre pobre que tuvo un sueño imposible para la gente de su clase: querer ser bailarín, y ganarse la vida con eso. Son muchos los chicos humildes que, en Laborde, van tras ese sueño. Yo creo que el libro cuenta la historia de Rodolfo pero, a través suyo, cuenta la historia de mucha gente muy humilde que tiene sueños, ambiciones, ilusiones que parecen imposibles. Al menos en mi país, la Argentina, ser pobre y querer tener una carrera artística—como escritor o bailarín o actor o pintor- es algo impensable. Creo que es un libro acerca de la potencia de la vocación: de los riesgos enormes que se asumen cuando uno siente una vocación tan fuerte como la de Rodolfo. Es un libro sobre las causas y las consecuencias de los caminos que tomamos en la vida, y es un libro acerca del esfuerzo y de la tozudez y el talento.

 

BB: ¿Sabes si Rodolfo González Alcántara ha leído "Una historia sencilla" y qué piensa sobre el libro? ¿Se mantienen en contacto Rodolfo y tu?

LG: Rodolfo leyó el libro, sí. Pasó algo muy raro. El libro salió en español en 2013. Yo le pedí a la editorial que me dieran unos veinte o veinticinco ejemplares para Rodolfo. Cuando llegaron a casa, en julio o agosto, llamé a Rodolfo para avisarle: “Rodo, tengo tus libros. Te los puedo enviar donde me digas.” Rodolfo vive lejos, en los suburbios, en un sitio que se llama Pablo Podestá, a una hora de mi casa. El estaba viajando mucho, y yo también. Por eso le ofrecí enviárselos: porque hasta que nos viéramos iba a pasar mucho tiempo. Y Rodolfo me dijo “No. Esos libros me los tenés que dar vos. Tenemos que encontrarnos para que me los des. No puede ser que me los mandes con un mensajero.” El sentía que esto era algo personal entre nosotros, y que yo tenía que darle los libros personalmente, no enviárselos conalguien. Le dije que me parecía bien, pero que iban a pasar al menos dos meses antes de que yo estuviera en Buenos Aires (ese fue un año de muchos viajes de trabajo). Y me dijo “No hay problema, yo espero.” Había un libro que hablaba de él y de su mujer y de su familia, y él se aguantó todo ese tiempo sin leerlo. Finalmente, cuando yo estuve en Buenos Aires, lo llamé, lo invité a tomar el té a casa, y vinieron, él y Miriam, su mujer. Conversamos, le di la caja con los libros. Y cuando se fue me pregunté qué iba a parecerle. Porque hay momentos en el libro, cuando por ejemplo me ofusco con él, preguntándome: “¿Dónde está el animal que veo sobre el escenario, dónde está esa potencia, por qué abajo del escenario habla así, lleno de lugares comunes y de frases hechas?,” que no sabía cómo iban a caerle. Y además, la visión de otro sobre la vida de uno siempre es desconcertante. Era el 14 de noviembre de 2013. Rodolfo se había ido de mi casa a la tarde. Esa misma noche, me escribió esto: “Yo no lo vi llorar, pero lloraba... Gracias, Leila, por hacerme vivir, cada vez que leo el libro, los hermosos momentos que cambiaron nuestra vida. Gracias, Dios, por ponerte en nuestro camino.” “Yo no lo vi llorar, pero lloraba” es la última frase de Una historia sencilla. Así que ya ves cuál es nuestra relación. Luego, el 12 de enero e 2014, a las 13.57, me envió un mensaje, cuando todos regresábamos desde Laborde, después de haber presentado el libro allí, que decía: “Querida Leila, qué decir de todo lo que hiciste de mi vida. Te adoro con el alma y eternamente. Gracias. Buen viaje de regreso.” Seguimos en contacto con Rodolfo, por supuesto. Aunque no somos amigos hay una enorme corriente de afecto. Voy a verlo ahora, el 13 de enero. Mis editores de New Directions, Christopher Wait y Laurie Callahan, quisieron conocer Laborde, así que vamos a ir todos juntos al festival este año, desde el 13 al 16 de enero. Rodolfo tiene muchas ganas de conocerlos. Hablé con él ayer y me dijo que ya está en Laborde, que por favor llevemos repelente para los mosquitos, porque está repleto de mosquitos.

 

BB: "Una historia sencilla" brinda al lector una mirada íntima a los sacrificios físicos a los que una persona se somete cuando participa en esta competencia. Cuando empezaste a aprender de la disciplina y el trabajo que involucraba, ¿qué impresión te causó?

LG: Como siempre que uno se asoma a un mundo que no conoce, me quedé muy impresionada, muy curiosa, muy subyugada. No sólo con el esfuerzo físico, sino también con el hecho de que todos los chicos que participaban eran muy humildes y gastaban enormes cantidades de dinero en entrenarse para ser campeones de Laborde, donde además no les dan ningún premio en dinero: es puro prestigio. Quedan muy pocas cosas en este mundo que se hagan por el honor, y eso me impresionó mucho. Otra cosa que me impresionó fue el hecho de que ganar el festival, ser campeón, implicaba dejar de bailar en competencias para siempre: una vez que son campeones, no pueden volver a competir en ningún otro certamen de malambo. Es como ganarte el premio Nobel, y que te digan “ahora usted no puede escribir más.” Y el esfuerzo físico que requiere el malambo me pareció asombroso. Yo no tenía idea. Pensé que cualquiera podía bailarlo, y que era un baile rústico, sin ningún refinamiento. Pero estos bailarines, además de tener entrenamiento de bailarines, tienen entrenamiento de deportistas. Rodolfo, en la fase final de su entrenamiento, subía dunas, médanos, corriendo bajo el sol del mediodía cerca de Santa Rosa, donde nació y donde vive su familia. Esa zona del país es un desierto y puede hacer un calor de cincuenta grados. No conozco a ningún bailarín de ballet o de danza contemporánea que se someta a ese entrenamiento demencial.

A Simple Story: The Last Malambo Cover Image
By Leila Guerriero, Frances Riddle (Translator)
$14.95
ISBN: 9780811226004
Availability: Not On Our Shelves. Usually arrives in 1-5 Days
Published: New Directions Publishing Corporation - February 7th, 2017

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